lunes, 27 de agosto de 2012

Chaquetas mentales....


Anota la aventura en una libretita que te quepa en el bolsillo. En unos  años, cuando te salga la primera cana, tendras buenos argumentos para comenzar a envejecer tranquilo...
Los celos. Ese ingrediente caprichoso del amor que suele colarse por la puerta de entrada sin aviso, sin modales y que, sin ser bienvenido, se pasea por la sala con la suela de los zapatos embarrados, y una enorme maleta cargada de dudas. Celos que se apropian de nuestra cordura y nos transforman en paranoicos habitantes de un lugar inhóspito.

Celos que convierten nuestros hábitos en procedimientos, y nuestras mejores ideas en conspiratorias teorías. La mera sospecha de que la persona amada podría sernos infiel es la chispa que enciende en nuestro interior la mecha de la conjetura. Conjetura que, con el pasar del tiempo, puede llegar a devorarnos de un solo bocado.

Lo que a simple vista pareciera ser una simple búsqueda de comprobaciones que desechen la fantasía de la infidelidad, puede devenir en una nueva y arriesgada costumbre que implique actitudes impensadas...

 Una parte de nosotros mismos también se deteriora. Se derrumbra nuestra naturalidad, se consume nuestra confianza, y hasta se vulnera en parte nuestra dignidad. Presos de los celos, perdemos el eje y nos concentramos en nuestra misión de detectives sin bigote ni pipa, convencidos de que el sospechoso podrá ser declarado culpable de un momento a otro.
La imaginación nos redacta argumentos suficientes como para tejer conjeturas hasta el hartazgo, pero no nos regala ni un mínimo pensamiento racional que nos haga abandonar el juego de las adivinanzas.
Y así, sumergida en un torbellino de ansiedades, hipótesis y pesquisas, llena de angustia de solo pensar que no regresaras, que alguien más sintiera tu delgado cuerpo, tu olor a cigarro, me aterre con la absurda idea de no despertar a tu lado y me mortifique más con la absurda idea de ti despertando al lado de alguien más... asi me la pase el mes que no te tuve cerca de mi, que absurda y que pendeja...
Más todo se desvanecio, cuando te ví... Te rocé con mi mano controlando el temblor y me acerqué a tu boca atrapando una docena de suspiros entre los dientes y senti en tu cuerpo mi olor intacto...
 Asi que... rezo tres Ave María jaja!!! Plancho mi autoestima. Destejo conjeturas sin sentido... Y mando a chingar a su madre a esos pinches celos que me acompañaron durante tu ausencia...

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